La decepción que provocará la segunda burbuja de Internet será más política que económica

Entrevista a Alejandro Piscitelli, vía UOC

Alejandro Piscitelli asumió en 2003 el reto de relanzar educ.ar, un portal impulsado por el gobierno argentino que apuesta por el uso de las TIC como arma contra los problemas que padece este país en materia educativa. Filósofo, profesor universitario y autor de numerosos libros y blogs de reflexión sobre la era digital, participó en una mesa redonda en la UOC: “educ.ar para la escuela 2.0: computación e Internet para las masas – La tecnología desmitificada”. Piscitelli habló de la educación de los llamados “nativos digitales” y profundizó en el proyecto One Laptop per Child, la iniciativa de Nicholas Negroponte para llevar un ordenador portátil a todos los pupitres del mundo.

Compara usted la aparición de los blogs con la de la imprenta. ¿Tanto nos va a cambiar?

Es una idea que trabajé en mi último libro, Internet: la imprenta del siglo XXI. En la Europa del siglo XV se producían 1.000 libros por año. Y cada libro implicaba a una persona –un monje– trabajando todo un año. ¿Cuál era el límite de la producción, la distribución y la difusión? Esa mano de obra hiperescasa y limitada.

Entonces llegó la imprenta y lo cambió todo.

Y hasta qué punto. ¡Parecía demoníaco! Durante los primeros 50 años de su aparición se fabricaron ¡80 millones de libros! Y otra cosa interesante, ya que le gusta la analogía, es que sólo una pequeña parte de las 220 imprentas que nacieron en estos 50 años lo hicieron en ciudades universitarias. La mayoría se instalaron en centros comerciales: estaban relacionadas con la contabilidad, con retener la información de los números y los gráficos. La escasa vocación de innovación de las universidades hizo que tardaran 30 años en adoptar la imprenta.

¿Quiere decir que está pasando hoy lo mismo con Internet?

Exactamente. Las universidades no distinguen rápidamente lo que en los hábitos de la vida cotidiana y el comercio se ve mucho antes: el poder transformador de las nuevas tecnologías. Un autor escribió durante la primera burbuja de Internet –ahora estamos viviendo la segunda– el libro El telégrafo, la Internet victoriana, en el que mostraba que el telégrafo había tenido muchos de los rasgos que después tuvo Internet: explosión, promoción, fascinación, declaración de que todo va a cambiar… Por ejemplo, ¿sabía que el telégrafo generó, junto con el tren, la hora universal?

No tenía la menor idea.

Muy poca gente lo sabe. En Estados Unidos, a finales del siglo XIX había 180 horas diferentes: horas de barrio, horas de arriba, horas de abajo…

Tuvieron que ponerse de acuerdo para recibir mensajes.

Para recibir los mensajes y para que el tren llegue a una hora. ¡Imagínese que cada estación tuviera su hora local!

No es tan inverosímil. ¡Últimamente parece que cada estación de cercanías tenga su propia hora!

También la tiene el AVE en Barcelona, que no se sabe cuándo llegará… Pero a lo que íbamos: la innovación hay que compararla con algo semejante. Si uno trata de pensar en Internet aisladamente, no lo entiende: o se cree que no es nada o se cree que es el todo. Pero, si uno lo compara con el ferrocarril, el telégrafo, el diario, entonces empieza a entrar. Las herramientas hay que pensarlas siempre dentro de una ecología de los medios: están todas implicadas entre sí. Paul Levinson escribió el libro McLuhan digital, donde plantea justamente esta cuestión.

Ha mencionado que vivimos una segunda burbuja de Internet. Si en 2001 decía usted que vivíamos en el otoño de Internet, ¿dónde estamos hoy?

Probablemente al final de la primavera, en el tránsito al verano de la segunda burbuja. Pero ya se sabe que la historia se repite primero como tragedia y luego como comedia, y la segunda burbuja es muy diferente de la primera. Mientras que aquella fue de especulación financiera, basada en capital de riesgo, lo de ahora es mucho más interesante: el gran financiador de las innovaciones es Google. La mayoría de las empresas del web se desarrollan pensando en que las compre Google y orbitan a su alrededor. Por otra parte, la infraestructura ha cambiado mucho: hay ancho de banda, aparatos más baratos… Y después hay cierto recuerdo de las promesas exageradas de la primera burbuja y la gente es más cautelosa.

¿Qué expectativas se frustrarán esta vez? ¿Quién se llevará la mayor decepción cuando estalle la segunda burbuja?

Si, como es probable, no pasa lo que todos piensan que va a pasar, la explosión no afectaría económicamente a tanta gente. La decepción sería más de tipo político.

¿Político?

Sí. El Web 2.0 llega con un montón de promesas libertarias muy fuertes: que todos podemos opinar, que la política editorial podrán dictarla los lectores, que las multitudes son inteligentes… La primera burbuja no era democratizadora, sólo prometía que los innovadores y los astutos iban a hacerse ricos.

Esta es más romántica. Luego, la decepción será mayor…

[Ríe] ¡Ya vendrá otra, no se preocupe, que si es por deprimirse tendrá mejores motivos!

En realidad, la realidad no es tan romántica: Internet no sólo borra fronteras y nos acerca los unos a los otros. También amplía la zanja entre el mundo desarrollado y el que no lo es…

El fenómeno de globalización tecnológica es demasiado complejo como para situarlo en categorías intelectuales, que suelen ser muy maniqueas, muy dualistas (bueno-malo, democratización-polarización). Sigue más la lógica difusa (fuzzy logia), que sostiene que los valores de verdad de las proposiciones no son sólo verdadero o falso sino que son verdadero, falso y, en el medio, mil cosas posibles.

Ni blanco ni negro, sino todo lo contrario.

Hay muchísimos matices de grises, muchas formas de uso de la tecnología, algunas revolucionarias, otras evolutivas, algunas globales, otras puntuales… Lo que sí está claro es que existe una brecha digital causada por el acceso, ya no a la computadora, sino al Wi-Fi, a los contenidos… Y esta brecha se profundiza porque los que son pobres digitales son además pobres analógicos, así que son doblemente pobres. Y es cierto también que el desarrollo tecnológico aumenta un poco la cantidad de gente a la que llega y, simultáneamente, excluye con mucha más fuerza que antes. Pero tampoco hay que olvidar que más de 1.000 millones de personas acceden todos los días a la red, que en Argentina hay más de 30 millones de locutorios, que los chicos de la calle juegan a los videojuegos exactamente igual que los chicos del colegio…

Ahora que habla de jóvenes: el ritmo al que la tecnología avanza no cesa de acelerar. ¿Las zanjas entre generaciones son cada vez mayores? Aquello de “Mis padres no me entienden”, ¿cobra cada vez más sentido?

Siempre ha habido brecha entre generaciones y revuelta contra los padres, y es bueno que sea así. Pero es cierto que los “nativos digitales”, o sea, los chicos que nacieron después de 1980 y han crecido rodeados de tecnología, tienen una dieta cognitiva muy distinta a la que tuvimos nosotros.

Disculpe: ¿Dieta cognitiva?

Nosotros “comimos” básicamente libros –papel– e información predigerida por los maestros. Ellos, en cambio, se forman viendo la televisión, jugando con la computadora y la consola o interrogando mucho más sofisticadamente a los mayores.

Lo de la cigüeña que viene de París ya no cuela…

¡Qué va! Ahora te preguntan directamente sobre los óvulos, los espermatozoides… ¡Y más cosas! Está cambiando la ecología de la interacción, o sea, las relaciones entre padres e hijos, alumnos y maestros, y de todos con la tecnología.

¿Internet revolucionará definitivamente la forma de enseñar?

Mire: cuando en el siglo XIX aparecieron los primeros coches les llamaron horseless carriage, o sea, “coche sin caballos”. ¡Se les nombraba por lo que no eran en vez de por lo que sí eran! Al principio no iban mucho más rápido que los caballos, pero acabaron cambiando el mundo mucho más de lo que lo hizo el telégrafo o lo haría después el teléfono. Digo esto porque hoy pasamos horas hablando de los móviles y de Internet, pero nadie sabe cuál será el próximo automóvil.

Estamos pendientes del caballo.

Exacto. ¡No vemos que no vemos! Admiramos los ordenadores de sobremesa ¡y son una porquería! Son monstruos incomodísimos de transportar, una tecnología que tiene 50 años y que no va a donde tendría que ir, que es lo que Donald Norman llama “la computadora invisible”. Pero ya hay gente que está trabajando en estas cosas.

El ordenador portátil que está diseñando el proyecto One Laptop per Child no es tan ambicioso…

Pero es que lo menos relevante intelectualmente de este proyecto es el hardware. La propuesta de Negroponte es muy anarquista, muy de destrucción del espacio del aula. Él dice: “Let it be”: “Dejen que los chicos se junten y aprendan por sí mismos mínimamente orientados por un maestro inteligente que los guíe y conseguirán cosas maravillosas”.

Revolucionaria lo es, desde luego.

¡Por eso los pedagogos quieren colgar a Negroponte en la plaza pública! Construir la máquina y llevarla a las escuelas es muy difícil, pero más difícil aún será que sea aceptada por un colectivo que en general desprecia y teme a las computadoras: los docentes, los inspectores, el sistema educativo… De entrada, porque la adopción de la tecnología tiene una dinámica propia. Pero también, y esto es mucho más interesante, porque es muy probable que, a nivel inconsciente, la mayoría de actores del sistema no querrán que funcione.

¿Por qué preferirían tal cosa?

Porque, si bien la difícil situación socioeconómica de América Latina podría llevar a pensar que hay mucho interés en que haya un cambio, la realidad es que hay mucha conformidad profunda, mucha gente a la que ya le está bien que no cambien las cosas.

Más allá de los obstáculos, ¿por qué sería bueno que la idea triunfara?

Creo que la idea de una computadora por alumno es realmente revolucionaria. Todo lo que ha habido de enseñanza educativa usando ordenadores ha sido malísimo: laboratorios, talleres… ¡Un desastre! Sólo hace falta comparar lo que ha costado y lo que ha aportado para darse cuenta.

¿Porque no había suficientes en cada aula?

Primero por eso. Segundo, porque se usan con programas que están hechos para empresas. Tercero, porque la interfaz está basada en ventanas.

¿Y es eso malo? Estamos tan acostumbrados a las ventanas…

Pero tienen millones de defectos. ¿Por qué el chico tiene que aprender que la información se guarda en carpetas cuando vive en un mundo libre en el que no las hay?

Las carpetas son la metáfora de una oficina.

¡Están enseñando a clasificar la información en carpetas cuando en la realidad la información está libre! El uso de computadoras con estas herramientas sirve para habituarlos a la forma de trabajar de las empresas, de forma que éstas se ahorran la formación. En definitiva: el sistema educativo está impartiendo formación profesional. Negroponte, en cambio, propone una máquina barata ligera y portátil, un nuevo software específico para chavales… ¡Lo más parecido al lápiz y papel!

Joan Mira

Interactive web developer and creative technologist in London