La procrastinación: una epidemia de nuestros días

En Society 2000 encontré un artículo muy interesante sobre este tema:

La procrastinación es un complejo transtorno del comportamiento que a todo el mundo nos afecta en mayor o menor medida. Consiste en postergar de forma sistemática aquellas tareas que debemos hacer, que son cruciales para nuestro desarrollo y que son reemplazadas por otras más irrelevantes pero más placenteras de llevar a cabo. Es asumida popularmente como simple “pereza”.

Afecta a multitud de perfiles (el ejecutivo que aplaza una y otra vez una reunión porque la prevee conflictiva, el estudiante que aplaza indefinidamente el estudiar para sus exámenes,etc.) y cada vez más se está convirtiendo en un serio de problema que afecta a al salud psicológica de los individuos y, por ende, a la salud social de una comunidad.

La procrastinación es un fenómeno que se ha descubierto de tal complejidad que resulta difícil analizarlo, por las complicaciones que presenta en identificar sus orígenes así como las muchas relaciones causa-efecto que se realimentan entre sí. Todo esto dibuja un cuadro polifacético que resulta muy complejo de analizar. En este artículo sin embargo voy a intentar al menos “darle una puntilla” al asunto, con la ayuda de algunas referencias que existen dentro de la literatura científica sobre el tema.

La procrastinación se manifiesta ante todo como una pésima gestión del tiempo. El “procrastinador” suele o bien sobrestimar el tiempo que le queda para realizar una tarea, o bien subestimar el tiempo necesario -según sus recursos propios- para realizarla. Éstos son solamente un par de los muchos autoengaños en los que el procrastinador incurre. Como veremos más adelante, una de las actitudes típicas de un perfil determinado de procrastinador es la excesiva autoconfianza., una falsa sensación de autocontrol y seguridad. Por ejemplo, imaginen que se nos da 15 días para presentar un informe. En nuestro fuero interno estamos convencidos que solo necesitaremos 5 días para hacerlo, incluso menos. En ese momento pensamos “hay tiempo de sobra, no es necesario ni siquiera empezar a hacerlo!”. Y se posterga día tras otro una tarea que no solamente no nos ilusiona hacer, si no que, en cierta manera “ya hemos terminado” en nuestra mente confiada cuando ni siquiera hemos movido un dedo por ella. Al acercarse el plazo de entrega de forma peligrosa, de repente, nos damos cuenta de que no seremos capaces de cumplir con la tarea que se nos ha asignado. Entonces pensamos “No tengo esto bajo control, no tendré tiempo!!” y comenzamos a trabajar en ello de forma atropellada, con una gran carga de estrés.

En ese momento aparece en escena otro autoengaño, y es el aquél de “Solo bajo presión trabajo bien”. Lógicamente, porque realmente no hay otra opción en ese punto!.

Frecuentemente esta actitud y manera de proceder es típica de personas que confían mucho en sus posibilidades. Si, además, es realmente así -la persona tiene realmente esas capacidades- es posible que el final de la historia sea que aquella tarea se entregue en el plazo y con unos resultados óptimos. Esto envía un mensaje aparentemente erróneo al procrastinador (“mira qué nota he sacado a fin de cuentas!”) que observa como ha obtenido una recompensa a su forma estresada de trabajar; por lo que reiterará en su conducta, aunque ésta siempre le traiga ansiedad y problemas en general.

Los causas o motivos que pueden llevar a una persona a padecer de procrastinación son tan diversos y complejos que resultaría muy correoso plasmarlos en un solo artículo. Hay personas que “procrastinean” de resultas de un estado depresivo (la depresión conduce a estados de letargo). Otras en cambio son amantes del perfeccionismo, y ésto las priva de empezar a realizar proyectos porque temen que no podrán hacerlo tan perfecto como ellas desean, y por lo tanto pierden la motivación. También una baja tolerancia a la frustración ayuda a “dejar las cosas de lado”, por miedo a que nos desborden y por tanto por miedo a cómo nos sentiremos entonces. Otro perfil muy distinto sería el de aquellas personas muy activas que disfrutan gestando ideas, pero que no pueden finalizarlas porque enseguida se distraen generando ya la siguiente; y postergan así decenas de tareas que obviamente no tienen tiempo para completar.

Y eso solo mencionando una minúscula porción de los muchos perfiles de procrastinador que se pueden encontrar.

Seguramente usted que está leyendo estas líneas se haya visto identificado en alguna de las frases de este artículo. Se habrá recordado a sí mismo leyendo el diario en la oficina con una lista de tareas por hacer, yendo a la cafeteria justo en el instante en que se propuso empezar un proyecto, navegando por internet mientras su teléfono sonaba con un cliente/jefe incómodo al otro lado llamando… etc.

El hecho de que sea un mal muy extendido y que se trate de un fenómeno de por sí fascinante por su complejidad y riqueza de matices, hace que merezca la pena su estudio, tanto a nivel académico -que ya se viene realizando- como a nivel individual y colectivo.

Como afrontarla

Como ya se dijo en la primera parte, se puede llegar a la actitud de procrastinar a partir de caminos variados, a saber:

La Depresión: la depresión es una enfermedad de la mente que tiene consecuencias terribles en la persona que la padece. Anula casi por completo las capacidades de la misma para poder pensar con claridad, relacionarse, y en definitiva, vivir la vida. Uno de los síntomas clave de la depresión es el estado letárgico que induce. La persona depresiva no quiere saber nada del mundo, siempre busca la cama para dormir, para huir de una realidad que le duele y quizás hallar la paz en la inconsciencia que supone el sueño. La actividad, el llevar a cabo proyectos, implica de algún modo engancharse a esa vida, a esa realidad, y por eso una depresiva aplaza de forma consciente e inconsciente las tareas que debe hacer y se dedica a sustituirlas por otras irrelevantes pero que le proporcionan un placer más instantáneo y superficial. En estos casos, como la procrastinación está tan ligada a la depresión, obviamente la cura de ésta debería implicar la de aquella.

El exceso de autoconfianza: las personas que se sienten muy seguras de sí mismas -tengan motivos para ello o no- distorsionan de forma aguda y permanente su percepción del tiempo, y por lo tanto hacen una pésima gestión del mismo. Una persona que durante su vida ha visto recompensada su inteligencia (cognitiva) de forma reiterada, puede dejar inactiva la sección de ésta que se encarga de realizar previsiones temporales con eficacia. Por ejemplo, si una sola vez, alguien realiza una tarea compleja en menos tiempo del previsto, se le felicitará por ello. Ese estímulo de reacción puede provocar que el individuo inconscientemente extrapole ese suceso a otros órdenes de su vida, y caiga en una autoconfianza desmesurada. Así, cada nueva tarea que le sea encargada será subestimada en su contenido, y en consecuencia se sobrestimará el tiempo necesario para llevarla a cabo. Como la mayoría de tareas suelen encomendarse con plazos de entrega estándar, promediados, el procrastinador por autoconfianza encuentra que tiene tiempo de sobra para hacerla, así que decide él mismo que está aburrido, y pasa a ocuparse de otras tareas que no son prioritarias y quizás ni siquiera útiles para su vida, pero que le proporcionan placer. Éste es claramente un caramelo envenedado, ya que las tareas “accesorias” de este perfil de procrastinador, aunque superfluas, suelen ser grandes consumidoras de tiempo y de recursos, con lo que al final, la persona que se entrega a esta actitud acaba “metiéndose en un jardín” del que no sabe salir. Este posible final es importante tenerlo en cuenta ya que las situaciones desesperadas, cuando son sostenidas en el tiempo, pueden conducir al stress y la depresión, que como se ha mencionado antes, es otra fuente adicional de procrastinación.

La solución a este perfil no es fácil. Una técnica que puede llegar a ser útil es “falsear” de forma consciente y aún a contracorriente nuestras propias previsiones. Por ejemplo, si creemos que tardaremos una semana en hacer algo, pues sistemáticamente duplicar o incluso triplicar ese tiempo en nuestra agenda. Así al menos, podemos evitar defraudar a nuestros amigos, clientes, etc. Otra técnica que puede ser útil es desglosar una tarea en casi todas sus partes componentes, para hacer previsiones de tiempo lo más honestas posibles.

La “mente voladora”: cada mente es un universo, y cada inteligencia tiene sus propios matices. Hay personas cuya inteligencia les dicta sobre todo actuar, actuar con tesón y perseverancia. Este tipo de mentes suelen llegar lejos en la vida, con el handicap de que solamente lo harán en un campo de especialización. Otras mentes, que me tomo la libertad de bautizar como “mentes voladoras” suelen dejar en un segundo plano la consecución de ideas, el llevarlas hasta el plano de la realidad. En este caso, la simple generación de ideas es una tarea permanente que consume todo el tiempo y energías de este tipo de inteligencias. El ser un manantial de ideas que jamás pueden pasar de la fase de proyecto es su destino. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que durante la implementación de una de estas ideas, surje otra enseguida que instantáneamente -al ser más novedosa- toma el primer lugar en la preferencias y por lo tanto se abandona la ejecución de la anterior. Esto obviamente conduce a otra forma de procrastinación, muy común entre las personas especialmente creativas.

¿Qué hacer en este caso?. Es difícil saberlo, quizás el trabajar coordinadamente con otras personas en las que domine la inteligencia ejecutiva podría ser una solución.

La procrastinación es un fenómeno complejo que se nutre de diversos “inputs”, no teniendo porqué ser todos ellos concurrentes. Esto hace que hallar una solución definitiva y estandarizada para todo el mundo sea más bien un despropósito. Anteriormente habíamos mencionado el perfeccionismo, la soledad o la “mente voladora” como factores influyentes o detonantes de este trastorno. Por desgracia para la empresa de la búsqueda de una solución a la procrastinación, estos factores a menudo actúan de forma conectada, realimentándose unos a otros en un entramado diabólico. El Umbral de Saturación es un otro de estos factores concurrentes, que afecta aún a personas que no padecen de procrastinación como efecto, ya que ésta es una reacción, no lo olvidemos. Y no todo el mundo reacciona con la misma respuesta a un mismo estímulo o inhibición. De hecho, el Umbral de Saturación es algo que todos tenemos. Pero ¿en qué consiste?

Todo sistema tiene una capacidad, por el solo hecho de ser limitado. Esta capacidad puede ser más o menos plástica. Por ejemplo, nuestro armario tiene una capacidad para albergar un número indeterminado de prendas de ropa, según las comprimamos. En cambio, el depósito de combustible de nuestro coche tiene una capacidad de litros bien definida. ¿Cuál es la capacidad de una ciudad, en cuanto a habitantes que puede soportar? La respuesta no es clara. Del mismo modo, nuestro cerebro tiene una capacidad. Para ser más precisos, tendría varias capacidades. Capacidad de almacenamiento de datos, recuerdos, de soportar cierto nivel de estrés o emociones, etc. Siempre que tenemos una capacidad, tenemos un umbral de saturación. Cuando el aire, a una determinada presión y temperatura, no puede albergar más vapor de agua, éste se satura y se condensa en agua líquida, a partir de un cierto umbral de humedad, por ejemplo. Sabemos que un anaquel ha cruzado su umbral de saturación cuando los libros comienzan a caer de él, o tenemos que empezar a colocarlos “en doble fila”.

Pues bien, en esta sociedad del 2000 en que vivimos, la mayoría urbana, la mayoría con empleos administrativos en mayor o menor medida y siempre asentada sobre el consumismo; nos encontramos constantemente en situaciones que nos sobrepasan, que van más allá de muchos de nuestros umbrales de saturación. La reacción más natural y frecuente a una situación de saturación es el bloqueo. Es aquí donde podemos desvelar la procrastinación como una modalidad de bloqueo mental.

Para entenderlo mejor, sigamos con más ejemplos. Llegamos al hogar y comprobamos el buzón de correo. Está lleno de catálogos de publicidad así como otros tipos de “spam”, junto con cartas del banco, recibos, etc. Sabemos que es información que merece la pena consultar en mayor o menor medida. Pero es DEMASIADA información. Y en el caso de la publicidad, dispuesta de manera estridente para vencer en la batalla de atraer nuestra atención. Nuestra mente, ya ocupada en decenas de preocupaciones cotidianas que requieren ser resueltas antes que finalice el día, se satura ante tanta información y se bloquea. Si somos resolutivos, rompemos los folletos y los lanzamos a la papelera. Si nos bloqueamos, los dejamos encima de una mesa y pensamos “bueno, luego los consulto” (procrastinación!!), cayendo en la Acumulación Compulsiva que solo aporta desorden a nuestro entorno (y por lo tanto más motivos para futuros bloqueos).

Más ejemplos. En la dinámica del trabajo diario, recibimos más y más carga de tareas, a saber: mensajes de correo, llamadas de teléfono, reuniones, problemas sofisticados que nos dejan paralizados en un impasse durante horas. Los deberes se acumulan de forma consciente o inconsciente en nuestra mente, que sabe en cualquier caso qué tenemos que hacer “cuanto antes mejor”. Al final, se llega al umbral de saturación y nos bloqueamos. A partir de aquí lo que marca la diferencia son las diferentes reacciones que se pueden tener:

  • “Estallido neurótico”: lo dejamos todo de golpe, nos desahogamos de la tensión con gritos, estiramientos, blasfemias, yendo a comer o beber, etc. Esta reacción de bloqueo, aún no siendo la óptima, puede tener efectos beneficiosos.
  • “Bloqueo depresivo”: igualmente lo dejamos todo de golpe, pero no salimos del entorno bloqueante. El sujeto queda paralizado, presa por lo general de pensamientos negativos/autodestructivos. Esta reacción sería la más perjudicial de todas.
  • “Procrastinación”: de forma súbita, cambiamos de tarea, alterando de forma irracional el orden de prioridad de éstas, o estableciendo nuevos criterios, como realizar aquellas que creemos que son más fáciles o placenteras, o que pensamos que estamos más inspirados para realizar, etc.
  • “Reacción Resolutiva”: se toma cierta distancia del entorno bloqueante, pudiendo incluir tomar un receso, para luego planificar serenamente cómo resolver o al menos mejorar la situación. ¡No tenemos porqué dejarlo todo resuelto en el mismo día! Tampoco tenemos porqué postergarlo todo. Huelga decir que ésta sería la reacción más sana y aconsejable.

Paralelamente a analizar cuál es la mejor salida para una situación de bloqueo derivada de cruzar un Umbral de Saturación, cabría hacer una profunda reflexión no sobre el remedio (solucionología) si no sobre la enfermedad(problemología): porqué demonios vivimos en una sociedad que tan frecuentemente nos satura y nos desborda. Empleos en los que la ineficacia es el “pan nuestro de cada día” y nos hacen trabajar más de la cuenta, en tareas que no dominamos. Sobrecargarnos de actividades de ocio, o peor aún, sobrecargar a nuestros hijos. Pasar a meternos directamente en tareas complicadas en lugar de reflexionar con calma un método más sencillo, etc. En mi opinión, también en este campo, hemos perdido el Norte. Infravaloramos sistemáticamente el tiempo que es necesario para nuestras tareas de cualquier tipo. Soslayamos también sistemáticamente que nuestra mente necesita de generosos momentos de relax, de auténtico esparcimiento, y que este solaz tiene que ser saludable: ¡es mejor estar sentado mirando al techo que ver televisión! Y el más saludable, relacionarnos con nuestros semejantes. Salir a pasear con nuestra familia, amigos o animales de compañía. Mantener una charla espontánea y sin pretensiones con cualquier desconocido que nos encontremos en una situación fortuita. Practicar algún deporte, ¡o varios!. Pedir ayuda a otros en nuestras tareas, de forma amable y estimulante. Mostrar interés en cooperar en las tareas de otros, ¡aún cuando no nos la pidan explícitamente!

Todo esto, si se integra en nuestros hábitos, es el antídoto al bloqueo. Es la válvula que nos purga de la sobrecarga y que nos lleva a ese letal punto de saturación. A modo de resumen, podemos meditar sobre los siguientes consejos prácticos:

  • Invertir tiempo en descomplicar las cosas; descomponiéndolas en problemas más sencillos y resolubles, y no complicándolas de manera artificiosa. Si has conseguido con esfuerzo resolver algo complicado y crees que alguien en el futuro podrá encontrarse en la misma situación, ¡publica tu trabajo! Ahorrarás un bloqueo a más personas en el futuro.
  • El tiempo necesario para realizar una tarea puede ser plástico, ¡pero el tiempo en sí no! Si en el fondo se sabe que algo nos llevará más tiempo del que insistimos en creer que nos llevará, ¡no nos autoengañemos!, dediquémosle TODO ese tiempo. Si no disponemos de él, no lo hagamos, si no merece la pena. Si la merece, toca renunciar y sacrificarse.
  • Evitar la sobrecarga: No comer más rápido de lo que se puede tragar. Para ello, hay que conocer cuánto somos capaces de tragar, nuestra capacidad, dónde está nuestro umbral de saturación. Y eso se puede conseguir con pruebas, con entrenamientos. Intenta calibrar cuál es tu capacidad, ¡la inmensa mayoría de procrastinadores la sobrevalora! No se es peor persona por hacer menos cosas, o hacerlas en más tiempo. ¿Saber decir “no”?
  • Si eres una “mente voladora”, que quiere hacer muchas cosas, que quiere llevar a cabo todas y cada una de las ideas que se le ocurren, ¡busca a alguien que te inhiba! Un procrastinador en muchos casos suele ser una fuente de ideas extraordinarias, sentada y bloqueada en su sillón, saturada, obnubilada entre tanto torrente de información. Nuevamente, ¡publica tus ideas! Dándoles una salida, purgarás tu mente saturada y quizá otros lleven a cabo tus ideas y te puedas ver beneficiado por ello en el futuro, en lugar de quedar en el olvido del cajón oscuro de la procrastinación.

No siempre la procrastinación se expresa como una mera forma de pereza, depresión… o como resultado de una “mente voladora” que solo puede concentrarse en divagar y generar ideas e ideas. A menudo y en la mayoría de los casos la procrastinación más casera, la más cotidiana y por lo tanto la que mayor daños produce, consiste fundamentalmente en barreras psicológicas aparentemente pequeñas (vistas desde fuera, objetivamente) pero que en la práctica cuesta mucho de superar, o no se superan.

Una de estas barreras es la obsesión por no iniciar o reiniciar una actividad hasta que todo está en óptimas condiciones. Por ejemplo, antes de ponerse a estudiar, hay que organizar los apuntes, despejar la mesa, colocar una iluminación óptima, etc. Al final, el tiempo asignado al estudio se pierde por completo en dichos preparativos. Más ejemplos: antes de iniciar un proyecto de envergadura hay que discutir y discutir los detalles, lo cual es necesario, pero el empuje y la motivación iniciales se diluyen en reuniones y reuniones donde se divagan sobre preparativos.

Esta supuesta obsesión por los preparativos de cualquier tarea no es más que una excusa, un autoengaño que puede esconder un pánico o aversión a afrontar la tarea en sí, cuando no una simple desgana. En otras ocasiones es más complejo y los motivos por los cuales nuestra mente evita el inicio real de una tarea y decide divertirnos hacia otras tareas menores relacionadas pueden ser más profundos (un trauma del pasado relacionado con alguno de los aspectos de la tarea, por ejemplo).

En cualquier caso, existe un temor subyacente a enfrentarse a la tarea en sí, o más aún, a enfrentarse a las tareas frontalmente y ese pensamiento inconsciente activa toda una serie de mecanismos de evasión. Entre éstos es frecuente la invención de cientos de preparativos, sean necesarios o no, con tal de evitar el atravesar la barrera que nos separa de nuestra tarea de forma frontal y decidida. La buena noticia es que, una vez superada dicha barrera, el éxito en la empresa está prácticamente garantizado.

¿Cómo combatir esta obsesión por los preparativos? ¿Cómo evitar que éstos se conviertan en la fuente de nuestra procrastinación? No creo que exista una respuesta genérica y totalmente resolutiva a estas cuestiones. No obstante y como siempre, podemos enunciar algunos consejos prácticos:

  • Procurar una compañía que nos fiscalice: pero que no nos tiranice ni nos fuerce. Tener a alguien al lado que nos esté recordando con delicadeza nuestros verdaderos objetivos y que nos ayude en esos preparativos puede marcar la diferencia. No tiene porque ser un “jefe”, ni siquiera alguien que trabaje con nosotros en el mismo tema. Puede ser alguien que simplemente conozca nuestra carencia y nos recuerde amablemente para qué estamos ahí y qué debemos hacer.
  • Dedicarle un día solamente a los preparativos: sobre todo si un día nos sentimos inquietos para realizar una tarea sedentaria (por ejemplo: leer) podemos emplearlo para salir a encuadernar apuntes, recopilar datos, organizar el librero, etc. El riesgo de esto es que se puede procrastinar esta misma tarea y en lugar de ordenar nuestros libros, ¡pasar a leerlos!
  • Realmente no necesitamos tantos preparativos: recuerda, no es que realmente seamos maniáticos del orden o quisquillosos de los preparativos. Sabemos que podríamos hacer la tarea aunque nuestro entorno no estuviese 100% correcto. En realidad, la manía por los preparativos esconde un temor, una barrera psicológica por enfrentarse de manera frontal a los problemas. Así que no pienses realmente que los preparativos en sí tienen la culpa de tu procrastinación.
  • Es mejor algo completado con fallos que una “nada perfecta”: ¡Ojo! ¡no confundir este consejo con una apología de la chapuza! Sin embargo, reflexiona sobre esto: algo realizado siempre se podrá mejorar, u otros lo podrán mejorar incluso. Algo que no existe, no. Deja los preparativos: quizás saldrá algo que no es tanto la idea perfecta que tenías en mente, pero al menos lo habrás trasladado al plano de la realidad, y una vez allí las posibilidades son enormes.

Revista Digital de Autores Independientes sobre temas del S.XXI. | Escrito por Panama**

Joan Mira

Interactive web developer and creative technologist in London